El café de la discordia

 Siempre pensaba que si alguien te agradaba, debías regalarle café. No importa la cantidad, medio kilo o uno, no había gran diferencia. Según la intención con la que des el obsequio, es el nivel de aprecio que tienes por alguien. En su mente aún inocente, pese a su avanzada edad, nunca creyó que podría convertirse en una señal de una especie deseo pecaminoso, como algunos religiosos podrían juzgarlo.

Sus muestras de aprecio, respeto y admiración, eran frecuentes. Ahora que las repasa, en ninguna de ellas vio algún indicio de insinuaciones sexuales,   hablando de manera morbosa. Ella había querido vivir sus días quitando muchos prejuicios sobre la amistad hombre-mujer o la relación profesor-alumna. Sin caer en generalizaciones, otra vez se equivocó. 

Tal parecía que a medida que pasaba el tiempo un ‘’BUENOS DÍAS’’ o un ‘’HASTA LUEGO’’, eran la pauta para que el acoso e insinuación se hicieran más pronunciados. La incomodidad comienza a pesar, diez puntos menos para la persona a la que tanto llegó a apreciar. Mil miradas de desprecio cuando él se aproximaba.

Una tarde, en su oficina, tuvo olor a café y a su pueblo, fue extraño porque aunque siempre los traía impregnados en su piel, ese día olía más a fresas que a otra cosa. Fue una forma asquerosa de insinuarse a ella. Otros, muchos, la culparon, sus palabras las examinó con crueldad: ‘’Para qué eres amable, para qué le das presentes, era obvio que él iba a pensar que era otra cosa’’. Fue su culpa ese día, fue su culpa desde siempre. Ella se alejó, como lo hacía siempre. 

Y sin más, agregaron: Te falta malicia, chula.

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