Camino sola
Solía ser libre, de cuerpo, de alma, de sentidos, de espíritu. Nada la detenía, se mostraba ante todos tal cual quiso ser, tal cual se permitía ser; no había dudas ni confusiones, estaba viviendo. La soledad se refugiaba en ella, tal cual niño en las faldas de su madre, con temor a no encontrarse en brazos de sí misma. La buscaba a ella, a ese ser indefenso que caminaba sola, pero siempre acompañada, acompañada de su libertad. Nunca necesitó a nadie, era feliz, o al menos creía que eso que sentía se llamaba felicidad; lo tenía todo, nunca se había perdido, nunca perdió su esencia.
Despertaba ilusionada de encontrarse, frente al espejo, el reflejo de sí misma; despertaba llena de melancolía, por no haberse disfrutado antes, así como lo hace ahora; despertaba con sueños, se acostaba sin ellos, se comía los minutos a mordidas. Nada dependía de los demás, todo dependía de qué tan grande era su sonrisa. Se buscaba en los árboles, en las mariposas, en los girasoles; se encontraba en el aire, en el pasto verde, en las gotas de lluvia. Se perdía en las idas al cine, las tardes de museo, las noches de desvelo.
Después de todo eso, de su libertad limitada, sus sueños truncados, de esa necesidad infinita por saber lo que quería, se encontró. Encontró lo que no buscaba, encontró lo que dolía, reconoció a la distancia lo que nunca quiso ver. Todo cambiaba, el reloj ya no giraba a su favor, el sol se ocultaba antes de lo que debía y las noches parecían eternas, llenas de miedo y de misterio, ocultándole todo, tapando sus ojos. Era otro tipo de felicidad, la que duraba, la que saca sonrisas y en segundo las desaparece; la felicidad que la hacía estar segura de querer caer al vacío, pero no segura de que alguien esperara por ella; esa felicidad que la hace despertar, de sueños que no son sueños, son realidades.
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