Sofocada

 Me sentía sofocada, lo juro. Sentí como, por cada minuto de respiración, esta se hacía cada vez más lenta. Apagué mi mente, encendí mis oídos al 100%, las canciones de fondo me recordaban el mar. Ese día, fue uno bueno.

Levanté la mirada. Ahí estaba él, fingiendo no verme, pero en su mente, yacía mí imagen. Fruncí el ceño, cerré mis ojos, y exhale el poco aire que pasaba de la nariz a los pulmones.

Parecía un día tan bueno que nada lo podía arruinar, traté de apagar mi mente, pero mis sentimientos se encendieron. Caminé por donde no quería, a la prisa que no quería, con el sentimiento que no quería. 

Caminé y caminé, y otra vez ahí estaba él, en su bicicleta, como siempre, como antes. Como cuando me preguntó mi nombre, como cuando me miraba fijamente, como cuando me esperaba mientras yo andaba. 

Mi mente se encendió otra vez, no quería, pero debía. Seguí caminando. A lo lejos su figura ya no estaba, entonces me sentí tranquila. Fue poco lo que duró mi tranquilidad, 10 minutos tal vez, un poco menos, 5.

Y apareció otra vez, por el camino que no frecuenta, con las intenciones mismas de los meses anteriores, en su bicicleta aún, pretendiendo rodar casualmente en un jueves por la tarde.

Me miró, mientras se alejaba, pero cada vuelta de rueda yo lo sentía tan cerca, como si respirara en mi cuello, en mi paz. Tenía miedo, lo sentí en el corazón, pero los puños de mi mano, reflejaban otra cosa, sigo preguntándome, ¿Cómo es posible eso?

Mi corazón llora, pero mis puños aprietan con fuerza, el odio, la frustración y el acoso que su mirada no discreta siempre reflejó.

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